miércoles, 10 de abril de 2024

Ese vicio



[...]Más o menos un mes después, Pleasant y yo fuimos a Nueva York para pasar allí un par de semanas. Los Screamers iban a hacer su debut en la Costa Este -en el Hurrah- y no podíamos perdernóslo por nada del mundo. Planeábamos quedarnos en la ciudad también la semana siguiente para ir a ver a Pere Ubu y los Urban Verbs en el CBGB. Bradley Field había conseguido unas pastillas de ácido púrpura. Le compramos parte, pensando que sería el color perfecto para el concierto de Pere Ubu. A Bradley le habían advertido que eran extrafuertes y nos recomendó que, para empezar, tomáramos solo media dosis. Siguiendo su consejo nos las apañamos para cortar por la mitad la ya diminuta dosis de LSD.
Antes de salir, nos pusimos a tono escuchando música. Pasó media hora. Pleasant y yo intercambiamos la típica mirada de "¿Tú notas algo?". ¡Nada! Pensamos en tomarnos el resto. El cartón era tan pequeño que, por fuerte que fuera. ¿qué peligro podía haber? Pester, mi amiga del instituto, que también estaba de visita en Nueva York, estuvo de acuerdo y eso zanjó la cuestión. Fuimos al CBGB riendo por el camino, sintiéndonos bien. Hasta que entramos al local justo al final de la actuación de los Urban Verbs. Ví los letreros de neón anunciando cerveza que había sobre la barra e imaginé que me encontraba en una nave espacial, apuntando hacia el cielo y a punto de despegar.
Debíamos parecer recién salidos de la Isla de las Almas Perdidas porque nuestra amiga Chase Holiday, a la que conocíamos de Los Ángeles, nada más vernos nos llevó junto a una máquina de petacos y nos dio instrucciones de no movernos de allí ni apartar la vista de la máquina. Chase era canguro profesional y sabía manejar a los críos, lo que la convirtió en una perfecta acompañante de ácido. El new wave envolvente de los Urban Verbs concluyó. Se encendieron las luces del local, una canción punk empezó a sonar por los altavoces y el ambiente mutó en cuestión de segundos. Bradley tenía razón, aquel ácido era FUERTE. Pero al menos habíamos superado el primer impacto -¡KABONG!- de la droga.
A partir de aquel punto la noche se redujo a una serie de imágenes sueltas. La más vívida de todas fue la de Klaus Nomi, un amigo de Chase, en un rincón al lado del ropero, haciéndonos señas como si nos invitara a entrar en un teatro. En realidad nos invitaba a entrar en un trastero. Luego me enteré de que Chase le había dicho que habíamos tomado ácido y quería asustarnos. Aquello, junto con su pintalabios negro, el maquillaje blanco cadavérico y sus gestos de mimo, funcionó. Chase, vestida como lo opuesto al Nosferatu new wave que era Klaus -con un vestido de tafetán que brillaba en la oscuridad y maquillada de verde luminoso y naranja-, relucía como una tarta de cumpleaños. Lo habitual era que las bandas actuaran dos veces por noche en los clubs. Pere Ubu había decidido cancelar su segunda actuación porque su batería estaba demasiado drogado. A mí me pareció muy comprensible. pues yo también había tomado demasiada droga esa noche y ni siquiera había considerado la posibilidad de actuar una vez, no digamos ya dos. Bradley me invitó a ir con él, con Kristian y con el front man de Pere Ubu. David Thomas - que usaba el nombre artístico de Crocus Behemot- a una manzana de allí, al Phebe's, en la esquina de Bowery y East Fouth Street. Pleasant, Chase y Pester optaron por ir de fiesta con Bryan Gregory y Nick Knox de los Cramps a su apartamento en un sótano en el Bowery, frente al CBGB.
En el Phebe's yo seguía muy metido en mi viaje. Me dí cuenta de que a Bradley le pasaba lo mismo por su sonrisa de loco y su mirada perdida. Bueno, en realidad, Bradley siempre tenía esa pinta, pero en mi estado de confusión, él era un auténtico jarrón de delicias no terrenales. Sentado frente a mí estaba Char, la mánager de los Cramps, también natural de Ohio, como Bradley, que asimismo conocía a los Pere Ubu. Ante mis ojos, sus labios, pintados de un carmín rojo oscuro, pasaron a ser púrpuras y luego se cnvirtieron en motas relucientes, luego volvieron a ser de un rojo encendido, color que se disolvió en un azul metálico brillante. Una voz verde me dijo que mirara debajo de la mesa. Allí abajo ví que los brazos de Char terminaban en unos guantes blancos luminiscentes, cubiertos de diamantitos, y esos guantes me hacían señas para que me metiera debajo de la mesa. Volví a mirar por encima y ví las manos de Char desnudas, con las uñas pintadas de rojo y entrelazadas sobre la mesa. ¿Tenía dos pares de manos? ¿Cómo no me había fijado antes? Pues vale, pensé. Y seguidamente ese pensamiento se borró por completo de mi cabeza, como si nunca hubiese existido. Todo el mundo pidió bebida y comida. Sentado junto a Char, estaba David Thomas, quien de acuerdo a su alias Crocus Behemot, tenía una gran estatura. 'Beast Of Burden' de los Rolling sonaba a todo trapo en la máquina de discos. Miré a Crocus y me pregunté: "¿Qué hago en un bar de Country & Wenstern con Jackie Gleason?".
En el apartamento de Bryan Gregory en el Bowery las cosas se estaban poniendo incluso más raras para Pleasant, Chase y Pester. Bryan vivía en uno de esos apartamentos que están debajo de la acera, con una trampilla metálica que se cerraba con un candado, como el almacén de una tienda de comestibles. Todos habían tomado el mismo ácido que Bradley y yo. En un rincón del apartamento, Bryan tenía una jaula del tamaño de una persona. Le puso unas esposas a Pester y la metió dentro. Pester me dijo más tarde que logró no perder los nervios repitiéndose una vez tras otra: "Estoy hecha de líquido... estoy hecha de líquido". Y de alguna manera consiguió sacar las manos de las esposas, ¡como Houdini!
Cuando la fiesta se fue apagando -sobre las nueve de la mañana- Chase cogió un autobús en dirección a la Tercera Avenida; el trasporte iba atestado de gente en dirección al trabajo. De pie en el pasillo, Chase vio a un niño, de no más de seis años, que no le quitaba los ojos de encima. Como trabajaba de niñera, y sin pararse a pensar en el aspecto que tenía, con un vestido de fiesta hecho de trizas, que brillaba en la scuridad, y el maquillaje corrido por toda la cara, le sonrió al niño. El autobús se detuvo y se produjo un extraño silencio. El niño mirón le soltó a Chase, en voz lo bastante alta para que todos lo oyeran: "Señora, parece usted una payasa". [...]
`Some New Kind Of Kick' | 'Ese Vicio Delicioso'


▶Pat Suzuki - Black Coffee
▶Mae West - How Miss West Won World Peace
▶The Cramps - New Kind Of Kick
▶Siouxie & The Banshees - Metal Postcard (Mittageisen)
▶Ramones - 53rd & 3rd (Demo)
▶Pere Ubu - 30 Seconds Over Tokyo
▶Metal Urbain - Panik
▶Screamers - Punish or Be Damned
▶Alan Vega - Kid Congo
▶The Gun Club - Yellow Eyes
▶The Gun Club - Lupita Screams
▶The Gun Club - Hearts
▶The Gun Club - Nobody's City
▶The Gun Club - Bad America
▶The Gun Club - My Dreams
▶The Gun Club - Secret Fires
▶Nick Cave & The Bad Seeds - Up Jumped The Devil
▶Knoxville Girls - NYC Briefcase Blues
▶Wolfmanhattan Project - You Are My Glue
▶Wolfmanhattan Project - Smells Like You
▶Wolfmanhattan Project - Now Now Now
▶Wolfmanhattan Project - Braid Of Smoke
▶Fur Bible - Plunder The Tombs
▶Congo Norvell - Body And Soul
▶Congo Norvell - Johnny In The Boudoir
▶Congo Norvell - Warm Tonight
▶Khan feat. Kid Congo Powers - Vaseline
▶Kid & Khan - Stitches
▶Kid Congo & The Pink Monkey Birds - Haunted Head
▶Kid Congo & The Pink Monkey Birds - Sean Delear
▶Kid Congo & The Pink Monkey Birds - He Walked In
▶Kid Congo & Alice Bag - Wicked World

martes, 9 de abril de 2024

Carnicería


Nick Cave, Nueva York 1983. Foto: Anton Corbijn.

"Bueno, mi recuerdo es que habíamos dado un par de conciertos en Islandia, donde no se puede conseguir heroína. Había pasado tres o cuatro días horribles sin consumir, lo cual implicaba que me sintiera muy mal físicamente, pero cuando llegué a Nueva York ya no me encontraba así: había pasado lo peor del síndrome de abstinencia. En todo caso, íbamos en una camioneta desde el aeropuerto hasta el hotel Iroquois, en el centro de Manhattan, y pensé que sería mejor conseguir droga antes de llegar al hotel, así que salí del vehículo y me dirigí a la Avenida A. Cuando llegué ví que había policías en la zona, a ambos lados de la manzana, pero era habitual y me dije: "A la mierda, voy a conseguir de todas formas". Quizá no es la mejor idea que haya tenido, pero por aquel entonces me sentía bastante invencible. Así que compré un par de bolsitas de heroína y me encaminé felizmente de vuelta al hotel. Cuando doblé la esquina, apareció un policía de la nada, que me puso contra la pared y me dijo con bastante seguridad: "Solo te lo voy a preguntar una vez. ¿llevas drogas? Que Dios te ayude si me mientes". Le respondí: "De ninguna manera, agente". En ese momento abrió el bolsillo del extraño y ajustado traje verde lima de tres piezas que yo llevaba puesto y encontró la droga. Me esposó y me subió a una camioneta junto con un grupito de yonquis y maleantes. Todos ellos parecían muy infelices, sabían que iban al calabozo y que en unas horas se encontrarían fatal, pero yo sabía que eso a mí no me ocurriría, porque ya había pasado el síndrome de abstinencia en Islandia.
Cuando llegamos a la comisaría, nos metieron en una celda atestada, con más o menos otras veinte personas de las cuales yo era el único blanco. También era el único que llevaba un ajustado traje verde lima. En algún momento metieron a más gente en la celda, todos negros excepto un tipo que era blanco y que me vio y gritó: "¡No jodas! ¡Es Nick Cave! No lo puedo creer. ¡Soy tu mayor fan!". Esto no era bueno, porque estaba haciendo un gran esfuerzo para no llamar la atención, lo cual ya era bastante complicado dadas las circunstancias, así que le dije alto y claro que me dejase en paz, pero siguió molestando; me veía y sacudía la cabeza asombrado.
Después de unas horas, un policía me llamó y me acerqué. A través de las rejas de la celda me dijo que se me permitía una llamada. Era una buena noticia, porque tenía un concierto esa noche y necesitaba avisar a la banda de mi situación. Así que el policía me pidió el número para marcarlo y quise que llamara al hotel Iroquois. Me preguntó: "Está bien. ¿Cómo se deletrea?". Y pues bueno, bajo el estrés general del momento, no sabía cómo deletrear "Iroquois", así que le dije: "No lo sé. ¿Tiene una guía telefónica?". Entonces el policía se descojonó y se marchó y yo me quedé sin llamada. Y el grupo tenía que saber que yo no llegaría al concierto esa noche...
En algún momento me encerraron en una celda con un tipo mexicano, que ya se estaba sintiendo muy mal, con calambres y vómitos y demás. lo cual me vino bien, porque solo había un lugar para acostarse, una cama de acero, y estaba demasiado jodido para pelear por ella, así que me estiré y esperé a que llegara la mañana.
Había una hilera de celdas y todos los presos eran adictos a la heroína y empezaban a sentirse fatal, así que el ruido se amplificaba por momentos. Un tipo de la celda contigua le estuvo gritando a la policía la noche entera, meando e insultando, y todo el mundo le decía que se callase y tal. Una persona transexual de otra celda se hizo un tajo, el mexicano se encontraba cada vez peor y estaba ya hecho una bola en el suelo, llorando y rezando.
Al día siguiente no sabía qué pasaba, no nos daban ninguna información. Me trajeron un sándwich de pastrami, que era literalmente lo más triste que había visto en mi vida, y mientras me lo comía apareció Mick Harvey con un cartón de cigarrillos que compró en el duty free. Había hablado con hospitales y comisarías hasta que dio conmigo. Le permitieron verme un minuto y le dije que no tenía ni idea de cuándo iba a salir. Me dio el tabaco y se fue y yo me quedé esperando.
En algún momento nos metieron en una gran celda de detención para esperar a la lectura de cargos, creo. La celda rebosaba de gente y yo ahí sentado, de nuevo el único blanco, con mi cartón de cigarrillos y mi traje verde. Un tipo se me acercó y me pidió un cigarro. Se lo dí. Vino otro y dijo: "Amigo, no des nada gratis aquí. Cóbrales un dólar o estos animales te van a devorar.". Algo así. Así que al siguiente que vino a pedirme le cobré un dólar y lo pagó con gusto. Después de un rato había una fila de gente que quería un cigarro, todos con un dólar en la mano. A decir verdad, me resultaba un poco incómodo a muchos niveles, pero me dejé llevar por la situación. Más tarde ese día me liberaron y nadie dijo nada. No tuve que ir al juzgado, nada, se acabó, ya cumplí mi condena. "Justicia del torniquete" la llaman.
Pero esto funciona así: la adicción a la heroína está bien hasta que ya no lo está. Escala con rapidez, muy rápidamente de hecho. El caos siempre está a la vuelta de la esquina. Y estas historias de rocanrol pueden ser graciosas, pero te llevan a la parte más oscura de la oscuridad y causan dolor.
Por eso pienso que la heroína tendría que legalizarse. Los consumidores deberían poder ir a algún lugar donde haya supervisión y donde se les dé la droga médicamente aprobada dos veces al día. Donde puedan inyectarse con higiene y seguridad para que lleven vidas relativamente funcionales y eviten el caos y el peligro que van de la mano de la ilegalidad."

'Fe, Esperanza y Carnicería'
Una conversación entre Nick Cave y Seán O'Hagan



▶Party Dozen feat. Nick Cave - Macca The Mutt



“Nadie puede controlar lo que le sucede, pero sí podemos elegir cómo reaccionar. Hay en ello cierto desafío de cara a la indiferencia del mundo y a su aparente crueldad casual”, Nick Cave.
"No me metí en el rocanrol para tocar rocanrol", Blixa Bargeld abandonando a los Bad Seeds en plena grabación.
“Entró a la universidad de arte más prestigiosa de Australia -por capricho- y consiguió que le dieran un lugar allí. Compró un caballete, papel madera, crayones, se puso un vestido, se arregló el pelo y nunca volvió a entrar”. "Es algo interesante, porque cuando éramos jóvenes Anita estaba muy influida por un poeta y boxeador dadaísta suizo llamado Arthur Cravan, quien dijo algo así como El mejor arte jamás es contemplado. Yo desde luego no estaba de acuerdo con eso. Le decía a Anita Eso no es cierto. Puedes pensar que sí y tener alguna especie de apego romántico a esa idea, pero el arte tiene un valor benéfico y es algo que necesita compartirse con otras personas. Otros necesitan experimentar lo que has hecho", Nick Cave sobre Anita Lane.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Nuestra Señora de las Cenizas



"Río de Janeiro: 15 kilómetros. Un hedor acre y nostálgico de aguas residuales invade mis sentidos y me despierto de golpe, entrecerrando los ojos ante la animada mañana de un mundo de fantasía.
Aquí las señales de tráfico deberían decir: Abandonad toda esperanza.
Unas columnas de humo negro se alzan como dedos larguiruchos de bruja que avisan con gestos por encima de hectáreas de deprimentes casuchas con tejados de hojalata.
El patio trasero del diablo; chabolas y edificios de ladrillo sin fachada, tiznados de hollín, destartalados; nubes de humo ondean desde grises chimeneas torcidas contra un cielo azul plano plagado de buitres que vuelan en círculos; fragmentos desolados de fábricas hundidas en el desierto cieno rojo como dientes rotos en la boca abierta de un cadáver desnutrido; páramos infernales que se extienden sin fin.
Éste no es el Río de Janeiro de la frívola memoria de mi juventud: una ciudad melancólica de paisajes de verdes montañas, de sueños de sonrientes y sensuales mulatas bailando samba. Ni rastro queda de las espumosas aguas azules de aquellos días tropicales saturados de sol, ni de aquellas húmedas e intermitentes noches de putiferios.
No. Éste no es el lugar que conocí. Este circo de los horrores infestado de pobreza es una depravada masacre del alma. Arden a lo largo de una polvorienta carretera al infierno hogueras de basura envueltas en una humareda negra como pedos expelidos por mil años moribundos. Esqueletos descamisados de lo que en su día fueron hombres, un hormiguero de espíritus condenados se echan a las espaldas derrotadas y correosas cargas imposibles de una hilera de camiones que escupen humo al ralentí; chuchos escuálidos se dan salvajes dentelladas con los colmillos rojos en pequeños círculos viciosos sobre este césped torturado, estéril, urbano.
Infierno. Pienso en el terrible Inferno de Dante mientras contemplo la infinidad de viviendas apagadas, de ladrillo hueco color mierda, y me pregunto si no me habré muerto en los eriales de las frenéticas selvas malarias, en algún punto entre Ciudad de México y esto.
¿A ver si esto es el infierno? 
¿Es que ahora soy un fantasma? 
Bueno, pues si por fin he llegado al Pozo del Abismo, Dios y el Diablo saben que hay un lugar reservado para Ignacio Valencia Lobos. 
Dios y el Diablo saben que tengo una buena pandilla de amigos en el Otro Lado.
Movido por oleadas de progresivo espanto, miro a mi alrededor a medida que nos absorbe un remolino triturador fruto del tráfico de primera hora de la mañana, el paisaje convertido en una eterna vorágine traqueteante de bocinazos, tartanas histéricas, un abanico inimaginable de salpicaduras de óxido, polvo y deterioro, pasando a toda velocidad entre camiones y buses estruendosos y pesados, abarrotados de masas de pecadores de semblante aburrido condenados a perpetuidad, malditos.
Me asfixio con la acre pestilencia de averno del sulfuro y el azufre; negros vapores venenosos arrojados en nubes de flatulencia deyectada sin amortiguación alguna; una visión perfecta del Día del Juicio en el Infierno, envuelto en un grasiento rocío gris tóxico.
¿Qué le han hecho a mi hogar?
¿Dónde coño está Río de Janeiro?
Primera hora de la mañana en el Infierno; una ciénaga mierdosa de monótonos, opresivos presagios, apuros y conflictos, en algún punto de los infaustos y olvidados arrabales de Babilonia: Río de Janeiro, Ciudad de Dios, en el Año 2006 de Nuestro Señor."

'Narcisa: Nuestra Señora de las Cenizas'

martes, 11 de julio de 2017

Despotricar como forma de vida

Ranting for a living



'Road Rant' (Merrill Aldighieri, MVD Visuals 2012, 50 mins.) es una filmación de recitales en Francia en 2007 de la escritora, performer, músico (y otras fechorías) Lydia Lunch junto a los músicos Joseph Budenholzer y Terry Edwards (Madness, Gallon Drunk, PJ Harvey...) y, más interesante aún, una muy breve captura de la paralela promoción radiofónica de su relato 'Paradoxia' (publicado originalmente en 1996), promoción que aprovecha para dar rienda suelta a su costumbre de afrentar públicamente las convenciones y despotricar contra todo lo establecido, provocaciones que le han valido ser denostada y apreciada (incluso imitada) a partes iguales a pesar de permanecer, por lo general, como una figura sumamente desconocida. Merrill y Lydia ya trabajaron juntas en el incendiario cortometraje 'The Gun Is Loaded' (1989).
“He sido tratada de loca, sociópata, desquiciada, lunática, chalada, demente, cruel, perra, ladrona, zorra, puta, paranoica maníaco-esquizofrénica… perversa androide, fría, calculadora y controladora. Todo ello por gente que me amaba o decía o pensaba que me amaba. Aunque probablemente jamás llegaron a conocerme. No conocieron mi auténtico yo. Únicamente lo que yo les permití conocer. Sólo un poco.” ― Lydia Lunch, 'Paradoxia: Diario De Una Depredadora'.
'Road Rant' (Merrill Aldighieri, MVD Visuals 2012) is a filming of some French 2007 gigs by writer, performer, musician (and other misdeeds) Lydia Lunch with musicians Joe Budenholzer and Terry Edwards (Madness, Gallon Drunk, PJ Harvey ...) and, more interestingly, a very brief look at the paralell French radio promotion of her book 'Paradoxia' (first published in 1996), a promotion that she uses to unleash her habit of defying and ranting agaisnt conventions, provocations that have earned her being equally beleaguered and appreciated (even imitated) despite remaining generally quite unknown. Merrill and Lydia already worked together on the incendiary short film 'The Gun Is Loaded' (1989).
“No easy way out. No escape. From yourself. You had to LEARN to DEAL with the cards you were dealt. Had to learn the hard way that the world doesn't OWE you a fucking thing. Not a reason, nor excuse. No apologies. Had to learn that some forms of insanity run in the family, pure genetics, polluted lifelines, full of disease. Profanity. Addiction. Co-addiction. Inability to deal with reality, what the fuck ever that's suppose to mean when you're born into an emotional ghetto of endless abuse. Where the only way out is in...deep, deep inside, so you poke holes in your skin, thinking that if you could just concentrate the pain it wouldn't remain an all-consuming surround which suffocates you from the first breath of day to your last dying day. Day in. Day out. Day in. Day out. I knew all about it.” ― Lydia Lunch, 'Paradoxia: A Predator's Diary'.




martes, 21 de febrero de 2017

La nave de los muertos

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INSCRIPCIÓN
SOBRE LA ENTRADA DEL
CAMAROTE DE LA TRIPULACIÓN
EN LA NAVE DE LOS MUERTOS

Quién entra aquí perece,
su nombre y su ser se esfuman para siempre.
Ha desaparecido sin dejar rastro,
su aliento se pierde
en la inmensidad del orbe.
No puede volver atrás,
no puede seguir adelante,
está desterrado y así se quedará.
No lo reconocen ni Dios ni el diablo.
No es de día ni de noche.
Es la nada, el nunca, el jamás.
Es demasiado grande para el infinito
y demasiado pequeño para el granito de arena
que se incorpora al universo.
¡Es lo que nunca sucedió
y lo que jamás se imaginó!


'La Nave De Los Muertos' (1926)
B. Traven
Editorial El Acantilado, 2009

jueves, 23 de junio de 2016

Julio Jurenito



"Bebo a la salud de uno de los mártires de la civilización actual. La situación del poeta en nuestra sociedad me recuerda a la de un estúpido perro, un honrado mastín al que exhiben en el parque zoológico con un solemne letrero que anuncia no un chucho, ni un perro guardián, sino un cannis vulgaris. Los visitantes, después de ver a los leones y a las hienas, se acercan a la jaula del perro, leen el incomprensible latín, y en lugar de darle un golpecito cariñoso en el hocico, como al resto de los miles de cannis vulgaris que deambulan por las calles, abren la boca, le tocan con precaución con la punta del paraguas, e interpretan un alegre ladrido como un terrible rugido, y un ladrido lastimero como la señal de combate de un animal salvaje. Luego se alejan. ¡Pobre perro! ¡Pobre poeta! Tú podrías cumplir honradamente con tu oficio y escribir tus versos tranquilamente. Pero de tí lo esperan todo menos tu trabajo. En primer lugar eres un "profeta" y en segundo lugar un "loco", un "enigmático líder", ¡cannis vugaris! Cuando el cirujano raja un vientre, cuando el sastre corta un chaleco, cuando el matemático estudia las leyes del tiempo, todos ellos están trabajando. En cambio, cuando sudas la gota gorda sobre una hoja de papel, tachando por centésima vez una palabra y estropeando un buen verso, ¡"estás creando"! Y los cretinos que están alrededor de la jaula estudian tu interior: ¿Dónde exactamente puso el ángel el "ascua encendida"? ¿Qué musa durmió ayer contigo? ¿Te llegó en esta ocasión la "inspiración" o no te llegó? Lo único que puedes hacer es tomarte el juego en serio, abrir la boca e imitar afanosamente al león. "¡Inclinaos ante el profeta! Me viene la inspiración Schsss...". Y el pobre, triste y ultrajado perro, imitando al tigre, por entre los barrotes de la jaula agarra con los dientes la nariz del peluquero que se le ha quedado mirando con la boca abierta. ¡Bravo! ¡A su salud, monsieur tigre de bengala!"

'Julio Jurenito' (1922)
Ilya Ehrenburg
Editorial Capitán Swing (2013)

viernes, 11 de diciembre de 2015

Mohamed Chukri

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"Ahmed lleva varios años aislado de Arcila. Amor a distancia pero diálogo personal hasta la eternidad.
Su hermano Jalil dice que su aislamiento es una elección y no un estado enfermizo, como cree la gente. Una vez se metió en el mar y los que lo observaban creyeron que ya no saldría. Desapareció de la vista, pero regresó buceando hasta que percibieron su cuerpo delgado tendido en la playa.
Sólo dirige la palabra a Cherif, el Loco, un fumador empedernido que enciende un cigarrillo con la colilla del otro, sin parar. Únicamente pide cigarrillos a la gente que conoce. No acepta limosnas. Cuentan que en su juventud era muy viril con las mujeres y la que más lo quería, por celos, le hizo una brujería por abandonarla y hacerse amante de una española. Tenía tres piernas, como se suele decir. La amante airada lo tentó para que pasara la noche con ella y, cuando amaneció, Cherif había perdido el juicio, ya nunca más volvió a recuperarlo.
La conversación entre Ahmed y Cherif, el Loco, no suele durar más que unos segundos. Nadie sabe qué se dicen el uno al otro. A Ahmed se le ve sonreír. Cherif, el Loco, se olvidó de su sonrisa desde que se trastornó. Dicen que eran amigos de la infancia.
Sólo una vez vieron a Ahmed regañar con Aisha, la Loca, porque enseñó sus partes a un hombre que se había burlado de ella. Se enfadó y lo insultó maldiciendo a toda su parentela. Ella le cae simpática a Ahmed.
Su hermano Jalil tiene también un comportamiento raro, incluso más extraño que el aislamiento de su hermano Ahmed. Es un pintor genial, pero ha preferido mantenerse oculto y no darse a conocer. Alguna decepción quizá. A finales de los años sesenta expuso por primera vez. Un tema singular: esqueletos vivos y sombras de personas que esperan su turno para ser enterradas, crucificadas o ahorcadas, sin rostro humano. Al día siguiente todos lo cuadros fueron requisados. Desde entonces, Jalil no pinta al hombre sino lo que la existencia del hombre simboliza. No termina sus pinturas, no las firma, no las vende, a pesar de su magro salario de maestro. Regala sus cuadros a algunos amigos. Nunca lo hará por propia inciativa, tienes que pedírselos de modo formal, personalmente o a través de alguien. Se niega rotundamente a vender sus cuadros. Le organizaron una exposición en Suiza y, como de costumbre, se negó a venderlos; ni siquiera quiso hablar para explicar su arte, ante la decepción y extrañeza de los potenciales compradores, aunque algunos lo entendieron y valoraron su actitud. Esto no impidió que recibiese vivas críticas, no tanto por su arte sublime sino por su personalidad quijotesca.
En una ocasión le pregunté:
-¿Cuál es el destino de tu arte?
-La desaparición. No me interesa su destino."

Mohamed Chukri: Rostros, amores, maldiciones (1996)
Editorial Cabaret Voltaire (2014)

miércoles, 14 de octubre de 2015

Apaches, los salvajes de París

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>Apaches. Los salvajes de París - La Felguera Editores


Del 8 al 22 de marzo de 1905, tiene lugar en la audiencia de Amiens (Francia) el proceso contra los trabajadores de la noche detenidos desde 1903, detención que ponía fin a una actividad de tres años con más de 150 robos en domicilios, hoteles, castillos e iglesias. La banda que Alexandre Jacob formara con su compañera Rose Roux, su madre Marie Berthou, o algunos otros camaradas se proponía practicar el robo de manera científica –se dividen Francia en tres partes según la red ferroviaria- no como medio de reapropiación personal sino como un ataque contra el mundo de los poderosos o como perturbación social. La audiencia de Amiens les condenó a muchos años de cárcel y, a algunos, a Jacob, a trabajos forzados de por vida. Presentado recurso de casación, Marius Jacob es condenado en Orleans, el 24 de julio de 1905, a veinte años de trabajos forzados, y será deportado al penal de la Guayana francesa, donde permanecerá desde 1906 hasta finales de 1925, tiempo en el que intentará una veintena de evasiones, y pasará años en celdas de castigo.
Por qué he robado es el texto de inculpación que Jacob leyó ante los jueces de la audiencia de Amiens.


"POR QUÉ HE ROBADO"

Señores:

Ahora sabéis quien soy: un rebelde que vive del producto de sus robos Aún más: he incendiado hoteles y he defendido mi libertad contra la agresión de los agentes del poder. He puesto al descubierto toda mi existencia de lucha; la someto, como un problema, a vuestras inteligencias. No reconociendo a nadie el derecho de juzgarme, no imploro ni perdón ni indulgencia. Nada solicito a quienes odio y desprecio. ¡Sois los más fuertes! Disponed de mí de la manera que lo entendáis, mandadme al presidio o al patíbulo, ¡poco me importa! Pero antes de separarnos, dejadme deciros unas últimas palabras.

Ya que me reprocháis sobre todo ser un ladrón, es útil definir lo que es el robo. Para mí, el robo es la necesidad que siente cualquier hombre de coger aquellos que necesita. Esta necesidad se manifiesta en cualquier cosa: desde los astros que nacen y mueren igual que los seres, hasta el insecto que se mueve por el espacio, tan pequeño, tan ínfimo que nuestros ojos pueden apenas distinguirlos. La vida no es sino robos y masacres. Las plantas, los animales se devoran ente ellos para subsistir. Uno no nace sino para servir de pasto al otro; a pesar del grado de civilización, de perfeccionabilidad, el hombre no se sustrae a esta ley si no es bajo pena de muerte. Mata las plantas y los animales para alimentarse de ellos. Rey de los animales, es insaciable. Aparte de los objetos alimenticios que le aseguran la vida, el hombre se alimenta de aire, de agua y de luz. Ahora bien ¿se ha visto alguna vez a dos hombres disputarse, degollarse por estos alimentos? No que yo sepa. Sin embargo son los alimentos más preciosos sin los cuales un hombre no puede vivir. Podemos estar varios días sin absorber substancias por las que nos hacemos esclavos. ¿Podemos hacer igual con el aire? Ni siquiera un cuarto de hora. El agua forma las tres cuartas partes de nuestro organismo y nos es indispensable para mantener la elasticidad de nuestros tejidos. Sin el calor, sin el sol, la vida sería imposible. Luego, cualquiera coge, roba estos alimentos. ¿Se hace de ello un crimen, un delito? ¡Cierto que no! ¿Por qué se reserva el resto? Porque comporta un gasto de energía, una suma de trabajo. Pero el trabajo es lo propio de una sociedad, es decir la asociación de todos los individuos para alcanzar, con poco esfuerzo, el máximo de felicidad. ¿Es ésta la imagen de lo que hay? ¿Se basan vuestras instituciones en una organización de este tipo? La verdad demuestra lo contrario. Cuanto más trabaja un hombre, menos gana; cuanto menos produce, más beneficio obtiene. El mérito no se tiene pues en consideración. Sólo los audaces se hacen con el poder y corren a legalizar sus rapiñas. De arriba a abajo de la escala social no hay más que bellaquería de una parte e idiotez de la otra. ¿Cómo queríais que, lleno de estas verdades, respetara tal estado de cosas?

Un comerciante de alcohol o un dueño de burdel se enriquecen, mientras que un hombre de genio va a morir de miseria en un camastro de hospital. El panadero que amasa el pan lo tiene en falta; el zapatero que confecciona miles de zapatos enseña sus dedos del pie; el tejedor que fabrica montones de ropa no tiene con que cubrirse; el albañil que construye castillos y palacios carece de aire en su infecto cuartucho. Aquellos que producen todas las cosas, nada tienen, y los que nada producen lo tienen todo. Tal estado de cosas no puede sino producir el antagonismo entre las clases trabajadoras y la clase poseedora, es decir holgazana. Surge la lucha y el odio golpea. Llamáis a un hombre "ladrón y bandido", le aplicáis el rigor de la ley sin preguntaros si él puede ser otra cosa. ¿Se ha visto alguna vez a un rentista hacerse ratero? Confieso no conocer a ninguno. Pero yo que no soy ni rentista ni propietario, que no soy mas que un hombre que sólo tiene sus brazos y su cerebro para asegurar su conservación, he tenido que comportarme de otro modo. La sociedad no me concedía más que tres clases de existencia: el trabajo, la mendicidad o el robo. El trabajo, lejos de repugnarme, me agrada, el hombre no puede estar sin trabajar, sus músculos, su cerebro poseen una cantidad de energía para gastar. Lo que me ha repugnado es tener que sudar sangre y agua por la limosna de un salario, crear riquezas de las cuales seré frustrado. En una palabra, me ha repugnado darme a la prostitución del trabajo. La mendicidad es el envilecimiento, la negación de cualquier dignidad. Cualquier hombre tiene derecho al banquete de la vida. El derecho de vivir no se mendiga, se toma. El robo es la restitución, la recuperación de la posesión. En vez de encerrarme en una fábrica, como en un presidio; en vez de mendigar aquello a lo que tenía derecho, preferí sublevarme y combatir cara a cara a mis enemigos haciendo la guerra a los ricos, atacando sus bienes... Ciertamente, veo que hubierais preferido que me sometiera a vuestras leyes; que, obrero dócil, hubiese creado riquezas a cambio de un salario irrisorio y, una vez el cuerpo ya usado y el cerebro embrutecido, hubiese ido a reventar en un rincón de la calle. Entonces no me llamaríais "bandido cínico", sino "obrero honesto". Con halago me hubierais incluso impuesto la medalla del trabajo. Los curas prometen el paraíso a sus embaucados; vosotros sois menos abstractos, les ofrecéis papel mojado. Os agradezco tanta bondad, tanta gratitud, señores. Prefiero ser un cínico consciente de mis derechos que un autómata, que una cariátide. Desde que tuve conciencia me dediqué al robo sin ningún escrúpulo No entro en vuestra pretendida moral que predica el respeto a la propiedad como una virtud mientras que en realidad no hay peores ladrones que los propietarios. Podéis estar satisfechos de que este prejuicio haya calado en el pueblo ya que es vuestro mejor gendarme. Conociendo la impotencia de la ley y de la fuerza, habéis hecho de él el más sólido de vuestros protectores. Pero prestad atención; todo tiene un tiempo. Todo lo que se construye por la astucia y la fuerza, la astucia y la fuerza pueden destruirlo. El pueblo evoluciona cada día. Mirad que todos los muertos de hambre, todos los miserables, en una palabra, todas vuestras víctimas, instruidos por estas verdades, conscientes de sus derechos, armados con palancas, no vayan a asaltar vuestros domicilios para retomar las riquezas que ellos han creado y que vosotros les habéis robado. ¿Creéis que serían más desgraciados? Creo que todo lo contrario. Si se lo piensan bien preferirán correr cualquier riesgo antes que engordaros gimiendo en la miseria. ¡La cárcel, el presidio, el patíbulo! Diréis. Pero qué son estas perspectivas comparadas con una vida embrutecida, llena de sufrimientos. El minero que gana su pan en las entrañas de la tierra, sin ver jamás lucir el sol, puede morir de un momento a otro víctima de una explosión de grisú; el pizarrero que deambula por los tejados puede caer y hacerse mil pedazos; el marinero conoce el día de su partida pero ignora si volverá a puerto. Un buen número de obreros cogen enfermedades fatales durante el ejercicio de su oficio, sea agotan, se matan para crear para vosotros; y hasta los gendarmes, los policías, que por un hueso que les dais a roer, encuentran la muerte en la lucha que emprenden contra vuestros enemigos. Obstinados en vuestro estrecho egoísmo permanecéis escépticos ante esta visión, ¿no es así? El pueblo tiene miedo, parecéis decir. Lo gobernamos como el miedo de la represión; si grita lo metemos en prisión; si se mueve, lo deportamos al presidio; si sigue, lo guillotinamos. Mal cálculo, señores, creedme. Las penas que infligiréis no son un buen remedio contra los actos de sublevación. La represión lejos de ser un remedio, un paliativo, no es sino una agravación del mal. Las medidas correctivas no pueden más que sembrar el odio y la venganza. Es un ciclo fatal. Desde que hacéis rodar cabezas, desde que llenáis cárceles y presidios, ¿habéis impedido que se manifestara el odio? ¡Responded! Los hechos demuestran vuestra impotencia. Por mi parte sabía que mi conducta no podía tener otra salida que el presidio o el patíbulo. Y podéis ver que esto no me ha impedido actuar. Si opté por el robo no fue por una cuestión de ganancias sino por una cuestión de principios, de derecho. Preferí conservar mi libertad. Mi independencia, mi dignidad de hombre, que hacerme artesano de la fortuna de un amo. En términos más crudos y sin eufemismo alguno he preferido robar antes que ser robado. También yo repruebo el hecho por el cual un hombre se apropia violentamente y con astucia del fruto del trabajo ajeno. Pero es precisamente por esto que he hecho la guerra a los ricos, ladrones de los bienes de los pobres... También yo quisiera vivir en una sociedad en la que el robo fuera desterrado. No apruebo y no he usado el robo sino como medio de rebelión para combatir el más inicuo de todos los robos: la propiedad individual. Para destruir en efecto hace falta destruir su causa. Si hay robo es porque hay abundancia de una parte y escasez de otra; es porque todo no pertenece más que a unos pocos. La lucha no acabará hasta que todos los hombres pongan en común sus alegrías y sus penas, sus trabajos y sus riquezas; hasta que todas las cosas pertenezcan a todos.

Anarquista revolucionario he hecho la revolución. Venga la Anarquía.

Alexandre Marius Jacob, 1905.


Bar de Pigalle -EMILE SAVITRY




Enlaces de interés

sábado, 19 de septiembre de 2015

Reina Dadá

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'Baronesa Dandy Reina Dadá'
Gloria G. Durán
Editorial Díaz & Pons 2013

>La Merodeadora
>Ella Fue Dadá - Enrique Vila-Matas
>Díaz & Pons

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Cinco metros de poemas


Grabado de Emilio Goyburu Baca


>'5 Metros De Poemas'
Carlos Oquendo De Amat (1905-1936)

jueves, 21 de mayo de 2015

La Canción De La Bolsa Para El Mareo

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'La Canción De La Bolsa Para El Mareo' (The Sick Bag Song)
Nick Cave
Ed. Sexto Piso 2015
[Leer extracto]



EscuchaListen
▶Tommy Makem·'The Butcher Boy'
▶Elvis Presley·'Kentucky Rain'
▶Johnny Cash·'The Mercy Seat'
▶Procol Harum·'Conquistador (Live with Edmonton Simphony)'
▶Leonard Cohen·'Avalanche'
▶Nick Cave·'Avalanche'
▶Leonard Cohen·'Chelsea Hotel no. 2 (Live 1988)'
▶The Velvet Underground·'Sister Ray'
▶Karen Dalton·'Katie Cruel'
▶Nina Simone·'Blue Prelude'
▶Roy Orbison·'Uptown' 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Chavales Del Arroyo

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"Desde la cúpula de San Pedro, detrás del Ponte Sisto, a la isla Tiberina, detrás del Ponte Garibaldi, el aire estaba tenso como una piel de tambor. En ese silencio, el Tíber, todo amarillo, discurría entre las altas murallas, que apestaban al sol a meadero, como si los detritus con que se había cargado más arriba pudieran llevar sus aguas siempre más lejos. Los primeros que llegaron tras la partida, hacia las dos, de los seis o siete chupatintas que se habían quedado sin moverse en la gabarra, fueron los tipos con patillas de la Piazza Giudia. Luego se oyeron las ruidosas pandas chillonas del Trastevere que bajaban medio desnudos del Ponte Sisto, dispuestos siempre a arremeter contra el primero que apareciera. Tanto fuera, en aquel sitio pequeño y sucio; como dentro, en los vestuarios, el bar o en la gabarra flotante, la Ciriola se llenaba: un verdadero escaparate de carnicería... Una veintena de arrapiezos se agolpaban en el trampolín, y las primeras zambullidas comenzaron: carpas, piruetas y saltos mortales. iUn trampolín de apenas metro y medio! iY un chaval de seis años era capaz de tirarse de él! De vez en cuando, se paraba algún transeúnte para mirar desde lo alto del Ponte Sisto. Desde encima del muro de contención, un chaval sin dinero para bajar observaba, sentado a horcajadas sobre el parapeto acariciado por las ramas lloronas de los plátanos. La mayoría de los chicos estaban todavía en la arena o en la hierba escasa y quemada, al pie de la muralla. -¡El primero de la cola! -gritó a todos los chicos tumbados allí un morenucho velludo. Sólo obedeció el Giboso, el espinazo hundido de través y que cayó como una masa en el agua amarillenta, las piernas separadas, golpeándose las nalgas; el resto, con un despreciativo chasquido de lengua, no tardó nada en gritar al morenucho que se largara de allí sin perder un minuto. Pero al cabo de un rato se levantaron y, blandos como franelas, se dirigieron a la cola contoneándose, delante de la gabarra flotante, hacia el sitio de tierra donde estaba el columpio, para mirar al Lordure que, con los pies clavados en la arena ardiente, enrojecido bajo las pesas, intentaba levantar un peso de cincuenta kilos, rodeado de un regimiento de chavales. En el trampolín sólo quedaban el pequeño Rizos, Marcelo, Agnolo y dos o tres más, sin hablar del perro, el ojito derecho de todos."


Extracto de 'Chavales Del Arroyo' (1955), Pier Paolo Pasolini.

viernes, 8 de mayo de 2015

Un Paseo Por El Lado Salvaje



“Tengo la sensación de haber estado en todos los lugares que el señor creó”, pensó Dove, “pero lo único que he encontrado es gente con vidas muy duras. Lo único que he encontrado son desdichas y degradación. Lo único que he encontrado es que aquellos que lo tenían más difícil para salir adelante se afanaban más en ayudar a los demás que los que lo tenían más fácil. Lo único que he encontrado eran dos clases de persona: las que prefieren vivir en el lado de la calle de los perdedores y no quieren salir adelante, y los que quieren ser de los ganadores, aunque el único camino que les quede para ganar sea pasar por encima de los que ya han caído.”*


Fragmento de 'Un Paseo Por El Lado Salvaje', Nelson Algren (1956)

*"I feel like I been everywhere God got land,’ Dove thought, ‘yet all I found was people with hard ways to go. All I found was troubles ’n degradation. All I found was that those with the hardest ways of all to go were quicker to help others than those with the easiest ways. All I found was two kinds of people. Them that would rather live on the loser’s side of the street with the other losers than to win off by theirselves; and them who want to be one of the winners even though the only way left for them to win was over them who have already been whipped."
Excerpt from 'A Walk On The Wild Side', Nelson Algren (1956)



EscuchaListen
▶Ray Heatherton·'Wheevily Wheat'
▶'I Didn't Raise My Boy To Be a Soldier'
▶Mississippi John Hurt·'Goodnight Irene'
▶Bing Crosby·'Meet Me Tonight In Dreamland'
▶Billie Holiday·'All Of Me'
▶Georgia White·'I Just Want Your Stingaree'
▶Lil Green·'Why Don't You Do Right'
▶Cab Calloway·'Nobody's Sweetheart'
▶Lonnie Donegan·'Ain't No More Cane On The Brazos'
▶The Mills Brothers·'Chinatown, My Chinatown'
▶Lou Reed·'Walk On The Wild Side'

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Opio



De la cubierta del libro: "Este libro contiene los diarios que el genial autor escribió durante el proceso de desintoxicación de la adicción al opio que sufrió durante un tiempo, desde la muerte de su compañero Raymond Radiguet en 1923 hasta el final de sus días. Durante un año* de su convalecencia en el sanatorio, Cocteau nunca dejó de escribir y dibujar, y sus particulares interpretaciones y críticas dieron lugar a este extraño y genial testimonio.
Para él, escribir y dibujar eran en esencia la misma actividad, el mismo acto creativo: “Escribir es lo mismo que dibujar: anudar las líneas de tal suerte que se transformen en escritura, o desanudarlas de tal suerte que la escritura devenga dibujo”. Así, a lo largo de los días, los instantes, un libro nace ante nuestros ojos, compuesto de anotaciones, de juegos de palabras, de juicios poéticos. A los comentarios sobre la literatura y los escritores (Proust, Raymond Roussel) se suman críticas de cine (Buster Keaton, Chaplin, Eisenstein, Buñuel), de poesía, de arte... En definitiva, de cualquier manifestación artística. Y todo ello bajo la punzante presencia del opio. “Todo lo que uno hace en la vida, y lo mismo en el amor, se hace a bordo del tren expreso que rueda hacia la muerte. Fumar opio es abandonar el tren en marcha; es ocuparse en otra cosa que no es la vida ni la muerte”. De este modo Jean Cocteau se adentra en la gran tradición de los poetas visionarios: De Quincey, Baudelaire y, sobre todo, Rimbaud. "
*Diciembre 1928 a Abril 1929

Página 7: Seguramente se me acusará de falta de decoro. Me gustaría carecer de decoro. Es difícil. La falta de decoro es el signo del héroe.
Me refiero a una falta de decoro hecha de cifras, de notas de hotel y de ropa sucia.

Página 12: En el opio, lo que lleva al organismo a la muerte es de orden eufórico. Las torturas se producen por regresar a contrapelo a la vida. Las venas sufren el trastorno de una primavera súbita que arrastra bloques de hielo y torrentes de lava.
Aconsejo al enfermo que lleve ocho días de abstinencia que hunda la cabeza en un brazo, que pegue la oreja a ese brazo y que espere. Devastación, motines, fábricas que vuelan por los aires, ejércitos que huyen, diluvio, la oreja escucha el apocalipsis de la noche estrellada del cuerpo humano.

Página 16: No espereis de mí que traicione. Naturalmente, el opio sigue siendo único, y su euforia, superior a la de la salud. Le debo mis horas perfectas. Es una lástima que en vez de perfeccionar la desintoxicación, la medicina no intente convertir el opio en inofensivo.
Pero aquí volvemos a caer en el problema del progreso. ¿El sufrimiento es una regla o un lirismo?
Creo que, en una tierra tan vieja, tan arrugada, tan remendada, con tantas componendas y convenciones dañinas y risibles, el opio eliminable suavizaría las costumbres y causaría más bien que el mal que causa la fiebre de actuar.

Página 20: El opio no soporta a los adeptos impacientes, a los derrochadores. Se aparta de ellos, les deja la morfina, la heroína, el suicidio, la muerte.

Página 20: Ciertos organismos nacen para convertirse en presas de las drogas. Exigen un correctivo sin el cual no pueden establecer contacto con el exterior. Flotan. Vegetan entre dos luces. El mundo es un fantasma hasta que una sustancia le dé cuerpo.
Algunos de estos infelices viven sin encontrar jamás ningún remedio. A otros el remedio que encuentran les mata.
Es una suerte cuando el opio equilibra esas almas de corcho y les ofrece un traje de buzo. Porque el opio siempre les será menos perjudicial que otras sustancias y que la invalidez que ellos intentan curar.

Página 44: Después de cinco pipas, las ideas se deformaban, se desleían lentamente en el agua del cuerpo con los nobles caprichos de la tinta china, con los escorzos de un nadador negro.

Página 48: El ritmo de nuestra vida se desarrolla por periodos, todos iguales, sólo se presentan de una forma que los hace irreconocibles. El acontecimiento-trampa o la persona-trampa son tanto más peligrosos cuanto que responden a la misma ley y llevan la máscara con sinceridad.
A la larga, el sufrimiento nos pone en guardia y detecta muchas trampas. Pero, a menos que uno se niegue, insípidamente, a vivir, ciertas trampas hay que aceptarlas pese a que sepamos que comportan consecuencias nefastas. Lo sabio es enloquecer cuando las circunstancias valen la pena.

Página 54: La función del poeta no es demostrar, sino afirmar sin suministrar ninguna de las fatigosas pruebas de que dispone y en las que basa su afirmación.

Página 62: Como el amor, como el mareo, la adicción lo invade todo. Es inútil resistirse. Primero un malestar. Luego las cosas se agravan. Imagínese un silencio que corresponda al lamento de miles de niños cuyas nodrizas no vienen a amamantarles. La inquietud amorosa traducida a lo sensible. El imperio de la ausencia, un depotismo negativo. Los fenómenos se precisan. Moares eléctricos, champán en las venas, sifones helados, rampas, sudor en la raíz del cabello, boca pastosa, mocos, lágrimas. No insista. Su valor es inútil. Si aguarda demasiado, ya no podrá ni coger el instrumental y cebar la pipa. Fume. El cuerpo sólo esperaba noticias. Basta con una pipa.

Página 63: Todos llevamos dentro algo apretado, como esas flores japonesas de madera que se despliegan en el agua.

Página 70: No soy un desintoxicado orgulloso de su esfuerzo. Me avergüenza haber sido expulsado de ese mundo en que la salud se parece a esas películas horribles en que aparece algún ministro inaugurando una estatua.

Página 71: El fumador se funde con los objetos que le rodean. De su mano cae un cigarrillo, un dedo.

Página 72: Picasso me decía: "El olor del opio es un olor interesantísimo. Sólo se puede comparar con el olor de un circo o de un puerto de mar".
El opio bruto. Si no lo encierras en una caja de cartón, poco tardará la serpiente negra en salir. ¡Tenga cuidado! Rastrea los muros, baja las escaleras, los pisos, gira, cruza el vestíbulo, el patio, el arco de la entrada, y pronto se enrrollará alrededor del cuello del agente de policía.

Página 80: A los poetas nos obsesiona la verdad, queremos contar detalladamente lo que nos impresiona. "Esto es muy suyo", ese es el elogio que obtiene siempre nuestra exactitud.
El crédito que merece la honestidad de nuestras relaciones con lo que sólo nosotros podemos ver, que se puede calcular por la incredulidad admirativa que despierta nuestra exactitud con los espectáculos visibles y cotidianos.
Pero es que el poeta no pide admiración; lo que quiere es ser creído.


Jean Cocteau, 'OPIUM Diario de una desintoxicación' (1930).
Editorial Planeta, Serie BackList, 2009. 19 € aprox.

viernes, 16 de diciembre de 2011

París Insólito

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“Uno podría atravesar París de parte a parte no recorriendo más que calles pintorescas, a condición de saltarse las avenidas y de taparse ojos y oídos en los cruces para dirigir por otro lado el paso de las caravanas, y sin atisbar nunca ninguna curiosidad clasificada, sin necesidad de evocar la historia para animar las viejas piedras y emocionar el corazón de los visitantes mediante recuerdos más o menos artificiales, con emociones de guía Baedeker o Joanne.”





"Allí hay muchas posibilidades de hallar sitios para dormir, un montón de matorrales, habitáculos de arena, protegidos del viento, del frío y de la lluvia, donde me instalo confortablemente. Al otro lado, un hatajo de sombras negras señala un campo de clochards, sacos de patatas sujetos con cuerdas y formando tienda de campaña sin techo entre los que duermen, jaman, escupen, pimplan, monologan cuatro o cinco individuos de sexo indefinido. Su presencia resulta tranquilizadora. Porque en ese lugar quizá poético, pero en cualquier caso siniestro, la vida es a pesar de todo peligrosa. Entre las matas de cizaña se pasean silenciosos vagabundos. Personajes inquietantes que surgen bruscamente en lo alto de la zanja y permanecen inmóviles, dudando en acercarse (¿con qué intenciones? Nunca se sabe de antemano: un atraco pese a la evidente escasez de bienes que puede ofrecer un durmiente solitario sin más equipaje que un morral caótico, juegos eróticos no de homosexuales sino de hombres faltos y obsesos, o simplemente ganas de plática y de soledad en común)."





"Por no hablar de las putas, aquellas que a medianoche, a la una de la mañana, se hartaban de salmodias y balanceos sobre uno y otro pie en la esquina de la calle, sin haber hecho un solo cliente, y acudían a mirar cómo apagábamos las luces y cubríamos con lonas los motores, sus compinches, sus colegas, y cuando lo veían todo negro y no se encontraban con ánimos para volver al curro, cuando un tío les gustaba y les invadía la nostalgia de un coito compartido, lo plantaban todo, nos íbamos de picos pardos y tirábamos la casa por la ventana, nos gastábamos la paga de la semana, ellas la de la víspera, compartiéndolo todo amistosamente, hasta las cuatro o las cinco de la mañana. Recorríamos todos los bistrós, soplábamos como descosidos después de que cerraran los locales, con las cortinas corridas, el dueño invitando a su ronda, discutíamos con los falsos duros, macarras y hampones de pacotilla, camorristas de tres al cuarto, vestidos con ropas chillonas de mariconas, que consentían en beber con nosotros, pero sin familiaridades, los muy gilipollas, porque no nos consideraban gente liberada, como ellos, sino explotados. Nos acostábamos con las mujeres, las hacíamos gozar, se entregaban con fruición, los revolcones se prolongaban hasta bastante después del amanecer, se oían de una a otra piltra, nos hablábamos... Y al día siguiente, con la jeta un tanto macilenta, volvíamos al curro, la parte más puñetera, revisar los motores, asunto en el que yo estaba pez, y limpiar la pista, lo cual hacía con cara de asco."





“Mi aspecto me preserva por fortuna de la ofensiva denominación de intelectual o, lo que es peor, de existencialista, esa palabra deformada hasta la caricatura por una gilipollez evidente que abarca al calificador y al destinatario.”




“Bohemia. Ese término ahora distorsionado que ya no significa nada, pero que entraña demasiados malentendidos, demasiadas maneras de vivir incompatibles, abarca a demasiados individuos heterogéneos, entre ellos vagabundos auténticos que tan sólo aceptan como valor primordial la noción de libertad, noción que debe conservarse a toda costa y utilizarse al máximo, y entre los cuales los innumerables hijos de papá de Saint-Germain-des-Prés que fingen reventar de hambre, romanticismo podrido y putrefacto, deambulando con los pies sucios (¡y no digamos el resto!), demacrados, de ojos pálidos, melena leonina, y se van a las cuatro de la mañana, abandonan el café donde han aguantado toda la noche ante una copa vacía y tras una conversación estéril, caminan trescientos metros y, ya invisibles para los amiguitos, toman un taxi que los devuelve al hogar, al domicilio paterno, donde los esperan un baño caliente y una cama tibia… hijos de puta.”






'París insólito'
Textos de Jean-Paul Clébert y fotografías de Patrice Molinard
[Extractos extraídos de Globedia y Revista de Letras]

Texto de la cubierta del libro: "Colega de Robert Doisneau y vagabundo y errante por vocación, Jean-Paul Clébert convirtió sus paseos por las calles parisinas de los años cincuenta en viajes épicos y conmovedores de los que dejó testimonio en las páginas de 'París Insólito'. La publicación de esta novela aleatoria (como su autor la definió) en la Francia de 1952 fue un éxito que vendió más de 30000 ejemplares y se convirtió en un libro de referencia para autores como Henry Miller o Raymond Queneau.
Más de un año después de la primera edición del libro, Jean-Paul Clébert volvió a los lugares de sus tribulaciones con el fotógrafo Patrice Molinard, que tomó 115 fotografías cuya belleza y crudeza igualan la magia de las palabras de Clébert. El resultado es un objeto literario y visual insólito que se ha convertido desde entonces en un libro de culto.
Inédito hasta ahora en nuestra lengua, 'París Insólito' evoca de forma magistral un tiempo y unas gentes que ya se han ido, a la vez que da cuenta de un Ciudad De La Luz desconocida cuyas huellas se resisten a desaparecer. Un fantástico viaje a la esencia de la vida, una oda a la libertad que no ha perdido un ápice de precisión."



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Pauline Croze & Bertrand Belin·'People are strange' (The Doors)

viernes, 6 de agosto de 2010

Éramos Unos Niños

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Patti Smith·'Eramos Unos Niños'


La cantautora, poeta y artista Patti Smith y el fotógrafo Robert Mapplethorpe se conocieron recién llegados a Nueva York cuando eran adolescentes; ella dejaba atrás el campo tras un embarazo no deseado y él salía del ambiente de una familia conservadora, uniendo ambos sus sueños de bohemia y Arte. Iniciaron una relación amorosa que tras romperse selló una fuerte amistad. Mapplethorpe, mientras su vida se apagaba por culpa del SIDA, le pidió a la Smith que escribiera la historia de ese vínculo común desde su punto de vista. Este libro contiene las memorias de esa amistad y de las motivaciones creativas y personales de dos grandes artistas. Ahí van un par de extractos:


"La ciudad ardía, pero aún llevaba puesta mi gabardina. Me daba confianza mientras recorría las calles en busca de trabajo, con el único currículum de un turno en una fábrica, vestigios de una educación incompleta y un uniforme de camarera inmaculadamente almidonado. Logré un puesto en un pequeño restaurante italiano llamado Joe’s en Times Square. Tres horas la primera jornada; después de derramar una bandeja de ternera a la parmesana en el traje de un cliente fuí liberada de mis responsabilidades. Sabiendo que nunca iba a ser una buena camarera, dejé el uniforme —sólo ligeramente manchado— y los tacones que le hacían juego en un baño público. Me los había dado mi madre, un uniforme blanco con zapatos blancos, invirtiendo en ellos sus propias esperanzas sobre mi bienestar. Ahora eran como lirios marchitos olvidados en un lavamanos blanco.

Atravesaba la gruesa atmósfera sicódelica de St. Mark’s Place sin estar preparada para la revolución en marcha. Había un aire de vaga e inquietante paranoia, una corriente subterránea de rumores, fragmentos de diálogos robados anticipando la revolución. Sólo me senté ahí tratando de entenderlo, el aire grueso del humo de yerba puede explicar mis adormilados recuerdos. Me abrí camino en una gruesa teleraña de conciencia cultural cuya existencia desconocía.



Había vivido en el mundo de mis libros, escritos la mayoría en el siglo diecinueve. Aunque podía dormir en bancos, en el metro y en cementerios hasta tener un trabajo, no estaba lista para el hambre constante que me corroía. Era una cosa flaca con un metabolismo rápido y gran apetito. El romanticismo no me saciaba el apetito. Aún Baudelaire tuvo que comer. Sus cartas contenían mucho de un desesperado deseo a gritos de carne y cerveza.



Necesitaba un empleo. Fue un alivio cuando me contrataron como cajera en la sucursal de la librería Brentano’s en el Uptown. Habría preferido la sección de poesía a tener que anunciar las ofertas de joyas y artesanía étnicas, pero me gustaba mirar las baratijas de países lejanos: brazaletes bereberes, collares de conchas de Afganistán, y un Buda engarzado en una joya. Mi objeto favorito era un modesto collar de Persia. Estaba hecho de dos placas metálicas ligadas con grueso hilo negro y plata, como un escapulario muy antiguo y exótico. Valía dieciocho dólares, lo que parecía entonces mucho dinero. Cuando las cosas estaban calmadas lo sacaba de su caja y delineaba la caligrafía grabada en su superficie violeta, fantaseando acerca de sus orígenes.

Poco después de que empecé a trabajar ahí, un chico que había conocido brevemente en Brooklyn vino a la tienda. Se veía distinto con camisa blanca y corbata, como un estudiante de colegio católico. Dijo que trabajaba en el Bretano’s del Downtown y que tenía un crédito que quería usar. Se tomó su tiempo mirándolo todo, los abalorios, las pequeñas figuras, los anillos de turquesa.

Finalmente dijo “quiero éste”. Era el collar persa.

“Es mi favorito también”, le respondí. “Me recuerda a un escapulario”.

“¿Eres católica?”, preguntó.

“No, sólo es que me gustan los objetos católicos”.

“Yo fuí monaguillo”, rió. “Me encantaba mecer el incensario”.

Estaba feliz por que hubiera elegido la misma pieza que yo, aunque triste por verla partir. Cuando la envolví y se la dí, le dije impulsivamente “no se la des a ninguna chica, sólo a mí”.

Me sentí avergonzada, pero él sonrió y dijo “no lo haré”.

Cuando se fue, miré el lugar vacío donde había estado aquel objeto, sobre un pedazo de terciopelo negro. A la mañana siguiente una pieza más elaborada había tomado su lugar, pero carecía del misterio sencillo del collar persa.



Al final de mi primera semana sentía bastante hambre y aún no tenía dónde ir. Tomé la tienda como dormitorio. Me escondería en el baño mientras los demás se iban, y después de que el vigilante nocturno cerrara dormiría sobre mi abrigo. Por la mañana aparecería como si hubiera llegado temprano a trabajar. No tenía ni un centavo y hurgué en los bolsillos de los uniformes para comprar galletas de mantequilla de cacahuete en la máquina expendedora. Desmoralizada por el hambre me chocó que no hubiera ningún sobre para mí el día de pago. No había entendido que la primera semana de pago se retenía, y me fuí al baño a llorar.

De regreso a la caja registradora ví a un tipo al acecho, observándome. Tenía barba y llevaba una camiseta a rayas y una de esas chaquetas con parches de gamuza en los codos. El supervisor nos presentó. Era un escritor de ciencia ficción y quería invitarme a cenar. Aunque yo tenía veinte años, la advertencia de mi madre de no salir con extraños resonó en mi conciencia. Pero la perspectiva de una cena la debilitó y acepté. Esperaba que todo iría bien si el tipo era escritor, aunque parecía más bien un actor jugando a ser escritor.

Caminamos calle abajo hasta un restaurante en la base del Empire State. Nunca había comido en un buen local de Nueva York. Traté de pedir algo que no fuera caro y elegí pescado por 5.95 dólares, lo más barato de la carta. Todavía puedo ver a la camarera poniendo el plato ante mí con una gran ración de puré de papas y un pedazo de pescado recocido. Aunque me estaba muriendo de hambre, fue difícil disfrutarlo. Me sentí incómoda y no sabía cómo manejar la situación ni por qué él quería cenar conmigo. Parecía como si estuviera gastando un montón de dinero en mí y me preocupaba qué es lo que podía esperar a cambio.

Después de cenar nos fuimos caminando al Downtown. Enfilamos hacia el Este por el parque Tompkins Square y nos sentamos en un banco. Estaba planeando la huida cuando sugirió ir a su apartamento para tomar un trago. Este era, pensé, el momento crucial sobre el que mi madre me había advertido. Miré alrededor desesperadamente, incapaz de responder, hasta que ví acercarse a un hombre joven. Fue como si un pequeño portal del futuro se abriera para mí; de ahí salió el chico de Brooklyn que había elegido el collar persa, como respuesta al ruego de una adolescente. Reconocí de inmediato sus piernas arqueadas al andar y sus rizos alborotados. Iba con súeter y una chaqueta de piel de oveja. Del cuello le colgaban collares de perlas; un pastor de ovejas hippie. Corrí hacia él y lo agarré del brazo.

“Hola, ¿me recuerdas?”

“Claro”, sonrió.

“Necesito ayuda”, le dije. “¿Puedes hacer como que eres mi novio?”

“Seguro”, dijo, como si no le sorprendiera mi aparición repentina.

Lo arrastré hacia el escritor de ciencia ficción. “Este es mi novio”, dije sin aliento. “Me estaba buscando. Es un loco. Quiere que vaya a casa con él ahora”. El tipo nos miró ridículamente.

“Corre”, grité, el chico agarró mi mano y salimos a través del parque hacia otra parte.

Sofocados, nos desplomamos en la entrada de una casa. “Gracias, salvaste mi vida”, dije. Aceptó la noticia con expresión de desconcierto.

“No te he dicho mi nombre, es Patti”.

“Me llamo Bob”.

“Bob”, dije mirándolo realmente por primera vez. “De alguna manera no me pareces un Bob. ¿Está bien si te llamo Robert?”.

El sol se había puesto en la Avenida B. Tomó mi mano y vagamos por el East Village. Me compró una crema de huevo en el Gem Spa, en la esquina de St. Mark’s con la Segunda Avenida. Hablé casi todo el tiempo. Él sólo sonreía y escuchaba. Le conté historias de mi infancia, la primera de muchas: Stephanie, el campo, y el salón de baile cruzando la carretera. Me sorprendí cómoda y abierta con él. Después me dijo que estaba en un viaje de ácido.



Sólo había leído sobre el LSD en un pequeño libro llamado 'Collages' de Anaïs Nin. No estaba al tanto de la cultura de las drogas que florecía en el verano del 67. Tenía una visión romántica de ellas y las consideraba sagradas, reservadas para los poetas, los músicos de jazz y los rituales indígenas. Robert no parecía alterado o extraño, como yo podría haber imaginado. Irradiaba un dulce y malicioso encanto, tímido y protector. Caminamos hasta las dos de la mañana y finalmente, casi al mismo tiempo, confesamos que ninguno tenía donde ir. Nos reímos. Pero era tarde y estábamos cansados.

“Creo que sé donde podemos quedarnos”, dijo. Su último compañero de piso estaba fuera de la ciudad. “Sé donde esconde la llave; no creo que le importe”.

Tomamos el metro hacia Brooklyn. Su amigo vivía en Waverly, cerca del campus universitario de Pratt. Nos metimos en un callejón donde encontró la llave debajo de un ladrillo suelto y entramos al apartamento.



Nos intimidamos al entrar, no tanto por estar solos, sino porque era el piso de otra persona. Robert se preocupó por hacerme sentir cómoda y entonces, sin importar lo tarde que era, me preguntó si quería ver su trabajo que guardaba en el cuarto de atrás.

Robert lo extendió en el piso. Había dibujos y grabados; desenrolló pinturas que me recordaron a Richard Pousette-Dart y Henri Michaux. Energías múltiples irradiaban a través de palabras entretejidas y líneas caligráficas. Campos de energía construidos con capas de palabras. Pinturas y dibujos que parecían brotar del subconsciente.

Había una serie de discos entrelazando las palabras Ego Amor Dio, combinadas con su propio nombre; parecían desvanecerse y expandirse sobre las superficies planas. Mientras los veía, me sentí impulsada a contarle sobre las noches de mi niñez mirando figuras circulares que irradiaban del techo.

Abrió un libro de arte tántrico.

“¿Te refieres a esto?”, preguntó.

“Sí”.

Reconocí asombrada los círculos celestiales de mi infancia. Un mandala.

Me conmovió especialmente el dibujo que había hecho el día de los soldados caídos. Nunca había visto nada parecido. Lo que también me impactó fue la fecha: el día de Juana de Arco. El mismo día yo había prometido ante su estatua hacer algo importante de mí misma.

Se lo dije, y respondió que el dibujo simbolizaba su compromiso con el arte, sellado el mismo día. Me lo regaló sin dudar y comprendí que en ese breve espacio de tiempo habíamos renunciado a nuestra soledad y la habíamos reemplazado por confianza.

Miramos libros de dadá y el surrealismo y terminamos la noche inmersos en los esclavos de Miguel Ángel. Sin hablar absorbimos los pensamientos mutuos y recién al amanecer nos dormimos uno en los brazos del otro. Cuando despertamos me saludó con su sonrisa torcida y supe que era mi caballero.

Como si fuera lo más natural del mundo seguimos juntos, no dejándonos más que para ir al trabajo. Nada se habló; sólo fue comprensión recíproca.

Las siguientes semanas dependimos de la generosidad de los amigos de Robert para el alojamiento, particularmente de Patrick y Margaret Kennedy, en cuyo apartamento de la Avenida Waverly habíamos pasado la primera noche. La nuestra era una habitación en el ático con un colchón, los dibujos de Robert clavados a la pared, sus pinturas enrolladas en un rincón, y yo sólo aportaba mi maleta a cuadros. Estoy segura que no era poco para esta pareja albergarnos, teníamos precarios recursos y yo era socialmente torpe. Por las noches teníamos la suerte de compartir la mesa con los Kennedy. Juntábamos dinero, cada centavo destinado a tener nuestro propio lugar. Trabajé largas horas en Brentano’s saltándome los almuerzos. Hice amistad con otra empleada llamada Frances Finley. Era deliciosamente excéntrica y discreta. Deduciendo mi situación, me dejaba recipientes con sopa casera en la mesa del baño de empleados. Este pequeño gesto me fortaleció y selló una amistad duradera.

Cuando logramos juntar dinero suficiente, Robert buscó un lugar para vivir...



Hotel Chelsea. Viva irrumpió en el vestíbulo con un aire de Garbo inaccesible, tratando de intimidar al señor Bard para que no le preguntara por la renta. La cineasta Shirley Clarke y la fotógrafa Diane Arbus entraron cada una por su lado, ambas con la impresión de una misión delicada. Jonas Mekas, con su cámara y su sonrisa siempre presentes, disparó hacia los oscuros rincones de vida que rodeaban al Chelsea. Me paré ahí sujetando un cuervo negro disecado que había comprado por casi nada en el Museo Indígena Americano. Pensé que querían deshacerse de él. Había decidido llamarlo Raymond, por Raymond Roussel, el autor de 'Un Lugar Solitario'. Estaba pensando en el mágico portal que era ese vestíbulo cuando la puerta de vidrio se abrió como barrida por el viento y una figura familiar con capa negra y escarlata entró. Era Salvador Dalí. Miró nerviosamente alrededor, y entonces, viendo mi cuervo, sonrió. Puso su elegante y huesuda mano en mi cabeza y dijo: “Eres como un cuervo, un cuervo gótico”.

“Bueno”, le dije a Raymond, “otro día más en el Chelsea”.

A mediados de enero conocimos a Steve Paul, el manager de Johnny Winter. Steve era un empresario carismático que había aportado a los 60 uno de los grandes clubes de rock de Nueva York, el Scene. Situado en una calle lateral cerca de Times Square, se convirtió en lugar de reunión de músicos de gira y de jam sessions improvisadas a altas horas. Vestido con terciopelo azul y perpetuamente perplejo, tenía un poco de Oscar Wilde, un poco del gato de Cheshire. Negociaba un contrato de grabación para Johnny y lo había instalado en un par de habitaciones en el Chelsea.

Todos irrumpíamos por la noches en el Quijote. En el poco tiempo que pasamos con Johnny, quedé intrigada por su inteligencia y su apreciación instintiva del arte. Era abierto en la conversación y benevólamente extraño. Nos invitaron a verlo al Fillmore East, yo nunca había visto a un artista interactuar con su público con esa completa seguridad. Era intrépido y alegremente controvertido; girando como un devoto en éxtasis acechaba sobre el escenario meneando el velo de su cabellera blanca y pura. Rápido y fluido con la guitarra, paralizaba a la multitud con sus ojos desorbitados y la sonrisa juguetonamente demoníaca.



El día de la marmota fuimos a una pequeña fiesta para Johnny en el hotel, en celebración de su contrato con Columbia Records. Pasamos casi toda la noche charlando con Johnny y Steve Paul. A Johhny le gustaban los collares de Robert y ofreció comprarle uno; también le pidió que le diseñara una capa negra de visillo.

Sentada, noté que me sentía físicamente inestable, maleable, como si fuera de arcilla. Nadie parecía advertir que yo hubiera cambiado. El cabello de Johnny se doblaba como dos grandes orejas blancas. Steve Paul, vestido con su terciopelo azul, estaba recostado sobre un montón de almohadas, fumando un cigarro de marihuana tras otro a cámara lenta, contrastando con la errática presencia de Matthew entrando y saliendo de la habitación. Me sentí tan profundamente alterada que huí a encerrarme en nuestro viejo baño compartido en el décimo piso.

No estaba segura de qué podía sucederme. Mi experiencia reflejaba muy estrechamente la escena de “cómeme, bébeme” de Alicia en el País de las Maravillas. Traté de contactar con su reacción comedida y curiosa hacia su propia experiencia psicodélica. Razoné que alguien debía haberme administrado algún alucinógeno. No había tomado ninguna droga antes y mi conocimiento se limitaba a la observación de Robert o a la lectura de las visiones autoinducidas por la droga de Gautier, Michaux y Thomas de Quincey. Me acurruqué en un rincón, sin saber qué hacer. No quería que nadie me viera cambiar de tamaño, aunque eso sólo ocurriera en mi mente.



Robert, muy colocado también, recorrió el hotel hasta encontrarme, se sentó afuera de la puerta hablando, ayudándome a encontrar el camino de regreso.

Finalmente abrí la puerta. Dimos una caminata y volvimos a la seguridad de nuestra habitación. Al día siguiente nos quedamos en la cama. Me levanté con un look dramático: gafas negras e impermeable. Robert fue muy considerado al no burlarse, sobre todo por el impermeable.

Fue un hermoso día que culminó en una noche de pasión inusual. Escribí alegremente en mi diario acerca de esa noche, agregando un pequeño corazón como una chica adolescente.



Es difícil expresar la velocidad con que nuestras vidas cambiaron en los meses siguientes. Nunca habíamos estado tan cerca, pero nuestra felicidad pronto se nublaría por la ansiedad de Robert con el dinero.

No podía encontrar trabajo. Le preocupaba no poder mantener dos lugares. Hacía continuamente la ronda por las galerías regresando frustrado y desmoralizado. “Ellos no miran el trabajo para nada”, reclamaba. “Me toman el pelo tratando de ligar. Prefiero cavar zanjas que dormir con esa gente”.

Fue a una oficina de empleos a buscar trabajo a tiempo parcial, pero no le salió nada. Aunque a veces vendía un collar, irrumpir en el mercado de la moda era lento. Robert se deprimía cada vez más por el dinero, y porque recayera en mí la responsabilidad de obtenerlo. En parte fue el estrés por nuestra situación financiera lo que lo hizo volver a la idea de prostituirse..."






[...]"Nunca cupo la menor duda de que Robert fotografiaría mi retrato para la carátula de 'Horses', mi espada acústica envainada en una imagen suya. Yo no tenía ninguna idea preconcebida sobre cómo sería, sólo sabía que debía ser auténtica. Lo único que prometí a Robert fue que llevaría una camisa blanca sin ninguna mancha. Fui al Ejército de Salvación del Bowery y compré un montón de camisas blancas. Algunas me estaban grandes, pero la que más me gustaba estaba muy bien planchada y tenía un monograma debajo del bolsillo. Con ella puesta, me recordaba una fotografía de Jean Genet sacada por Brassaï en la que llevaba una camisa blanca remangada con un monograma. Mi camisa tenía bordadas las letras RV. Imaginé que había pertenecido a Roger Vadim, el director de 'Barbarella'. Le corté los puños para ponérmela debajo de mi chaqueta negra adornada con el broche de un caballo que me había regalado Allen Lanier.
Robert quería fotografiarme en el ático de la Quinta Avenida donde vivía Sam Wagstaff porque estaba bañado en luz natural. La ventana del chaflán proyectaba una sombra que dibujaba un triángulo de luz y Robert quería utilizarlo en la fotografía.
Me levanté de la cama y me di cuenta de que era tarde. Me di prisa en realizar mi ritual matutino. Fuí a la panadería marroquí que tenía a la vuelta de la esquina, compré un bollo crujiente, una ramita de menta fresca y unas cuantas anchoas. Regresé, herví agua y metí la menta en la tetera. Vertí aceite de oliva en el bollo abierto, lavé las anchoas, las puse adentro y las espolvoreé con pimienta de cayena. Me serví un vaso de té y preferí quitarme la camisa, sabiendo que, si no lo hacía, me mancharía la pechera de aceite.
Robert vino a buscarme. Estaba preocupado porque había muchas nubes. Terminé de vestirme: pantalones de pitillo negros, calcetines blancos de hilo y zapatillas de baile negras. Añadí mi cinta preferida y Robert me limpió las migas de la chaqueta negra.
Salimos a la calle. Robert tenía hambre, pero se negó a comerse mis bocadillos de anchoas, así que terminamos comiendo gachas con huevos en el Pink Tea Cup. El tiempo fue pasando sin apenas darnos cuenta.
Estaba nublado y oscuro y Robert miraba continuamente al cielo por si salía el sol. Al fin, por la tarde comenzó a despejar. Cruzamos Washington Square justo cuando el cielo amenzaba con volver a oscurecerse. Robert temió que se desvaneciera aquella luz e hicimos el resto del trayecto hasta la Quinta Avenida corriendo.
La luz ya estaba desapareciendo. Robert no tenía asistente. No habíamos hablado de lo que queríamos ni de cómo debía ser la fotografía. El la haría. Yo posaría.
Yo tenía pensada mi imagen. El tenía pensada la luz. Nada más. El apartamento de Sam era espartano e íntegramente blanco, estaba casi vacío y tenía un alto aguacate junto a la ventana que daba a la Quinta Avenida. Había un prisma enorme que refractaba la luz, descomponiéndola en arco iris que se proyectaban en una pared con un radiador blanco enfrente. Robert me colocó junto al triángulo. Las manos le temblaron mientras se preparaba para disparar. Me quedé quieta.
Las nubes iban y venían. A su fotómetro le ocurrió algo y él se puso un poco nervioso. Hizo unas cuantas fotografías. Dejó el fotómetro. Pasó una nube y el triángulo desapareció.
-Sabes, me encanta el blanco de la camisa. ¿Puedes quitarte la chaqueta? -dijo.
Me eché la chaqueta al hombro, como Frank Sinatra. Estaba llena de referencias. Él estaba lleno de luz y sombra.
-Ha vuelto -dijo.
Hizo unas cuantas fotografías más.
-La tengo.
-¿Cómo lo sabes?
-Lo sé.
Ese día sacó doce fotografías.
Unos días después me enseñó las hojas de contactos.
"Esta es la que tiene la magia", dijo.
Cuando ahora la miro, no me veo nunca a mí. Nos veo a los dos."





[Todas las fotografías: Patti Smith por Robert Mapplethorpe excepto indicada]



Jean Genet por Brassaï




Patti Smith & Robert Mapplethorpe, NY, 1970. Photo: Norman Seeff